1. Un país informado… pero dividido por edad
El 80% de los españoles consume noticias a diario, según el Observatorio MacLucan 2026, lo que confirma que la información sigue siendo un hábito mayoritario en la sociedad.
Sin embargo, este dato esconde una fractura generacional cada vez más evidente: mientras el 90,8% de los mayores de 55 años mantiene una relación constante y activa con la actualidad, solo el 54,8% de los jóvenes de entre 18 y 24 años se informa con esa misma frecuencia.
Más allá de la diferencia cuantitativa, el informe identifica un cambio estructural en el modelo de consumo informativo: los adultos acceden a las noticias de forma deliberada, mientras que una parte creciente de los jóvenes lo hace de manera incidental, a través de redes sociales y algoritmos. Este fenómeno, conocido como “consumo accidental” o news snacking, implica una exposición fragmentada, superficial y condicionada por plataformas digitales, donde la información aparece sin ser buscada. En este contexto, la prensa digital se consolida como canal principal, con un 65,6% de lectores regulares, aunque su base se concentra en perfiles adultos, lo que refuerza la idea de que la transformación del consumo informativo no es tecnológica, sino cultural.

2 Evidencias que confirman el cambio de hábitos informativos entre los jóvenes
Algo más de 1 de cada 4 jóvenes varones solo lee noticias si se las encuentra en redes sociales, no por búsqueda activa.
Sin embargo, en lo que respecta a las mujeres de la misma edad la cifra de de personas que leen periódicos digitales, sólo lo hacen si la noticia les aparece en redes sociales, baja hasta el 19%
El consumo accidental de información es un rasgo generacional, pero no es neutro en términos de género.
Entre los jóvenes, los hombres delegan en mayor medida su exposición informativa en el algoritmo, mientras que las mujeres mantienen una relación algo más selectiva y contextual con las noticias.
Este dato respalda claramente la idea de que la noticia aparece, no se busca entre los jóvenes.

Para la Generación Z, la red TikTok es el nuevo motor de búsqueda. Pero, a diferencia de Google, su algoritmo ofrece respuestas sin filtros y, en muchos casos, peligrosamente erróneas. Según una investigación de NewsGuard publicada en 2022, casi uno de cada cinco vídeos que aparecen como resultados en búsquedas sobre temas de actualidad en TikTok contienen desinformación. El informe detectó bulos sobre las vacunas del COVID, la guerra en Ucrania o incluso remedios caseros que aseguran curar cualquier enfermedad, como una supuesta “hidroxicloroquina” hecha en casa con cáscaras de pomelo y limón.
“TikTok funciona como una versión distorsionada de Google, donde la narrativa emocional y los algoritmos mandan más que la evidencia científica”, destaca Luis Núñez, fundador de MacLucan y director del informe.
TikTok, la fábrica de bulos disfrazados de tendencias
En TikTok, el algoritmo no distingue entre ciencia y superstición. Según el informe de NewsGuard, el 20% del contenido que se sirve a los usuarios interesados en asuntos serios —desde pandemias hasta conflictos armados— es puro humo.
El estudio se centró en términos como «vacuna COVID», «guerra en Ucrania» o «elecciones en EE.UU.», y lo que encontró fue un menú de desinformación servido con filtros, música y coreografías. Desde teorías conspiranoicas que aseguran que las vacunas modifican el ADN, hasta supuestos remedios caseros —como una versión casera de la hidroxicloroquina elaborada con cáscaras de pomelo y limón— que prometen curarlo todo. El delirio convertido en clip viral.
El problema, más allá de la propia existencia de estos vídeos, es su capacidad para escalar en el algoritmo y alcanzar millones de visualizaciones.
La viralidad no premia la verdad
TikTok y Meta aseguran que trabajan para eliminar contenidos falsos y que colaboran con verificadores independientes. Pero los números dicen otra cosa. El buscador interno de la plataforma prioriza el engament por encima de la veracidad.
La paradoja es que para millones de jóvenes, TikTok ya no es solo un espacio de ocio, es también una fuente de información. ¿Qué ocurre cuando esa puerta de entrada a la actualidad está minada de bulos?
Vivimos en una “sociedad del desconocimiento”, donde el exceso de datos sin jerarquía ni contexto produce ignorancia en lugar de conocimiento. En TikTok, ese fenómeno es casi un laboratorio a escala masiva. La desinformación ya no se esconde: baila, canta y usa hashtags. Y mientras tanto, el periodismo sigue intentando abrirse paso entre vídeos de 15 segundos, los tweets sin verificar y las promesas de curas milagrosas hechas con limón.
No consumimos prensa digital de manera homogénea
El consumo de prensa digital en España es claramente mayoritario, aunque no es homogéneo en su intensidad. Un 65,6% de los ciudadanos afirma leer periódicos digitales de forma regular, mientras que un 15,8% lo hace solo en temas de su interés y un 11,6% únicamente cuando una noticia aparece en redes sociales, lo que evidencia el peso creciente del consumo incidental.
Frente a esto, el rechazo explícito es reducido: solo un 5,4% declara no tener interés y un 1,6% señala el pago como barrera, confirmando que el problema no es tanto el acceso como la forma en que se conecta con la audiencia.

Este hábito informativo tiene además un claro perfil demográfico. Los lectores más fieles se concentran en hombres adultos de entre 35 y 54 años, con tasas que superan el 75%, seguidos por otros grupos de mediana edad tanto masculinos como femeninos. Se trata de un público con hábito consolidado, que ha trasladado su consumo tradicional al entorno digital sin modificar su comportamiento. En el extremo opuesto, el rechazo a la prensa digital es bajo pero relevante desde el punto de vista simbólico, con una ligera concentración en hombres jóvenes de 25 a 34 años, donde la resistencia parece estar más vinculada al valor percibido o al modelo de pago que al desinterés por la información.
¿Por qué los jóvenes consideran que la información debería ser gratis?
El bajo nivel de rechazo explícito a la prensa digital entre la población —inferior al 7% del total— indica que el problema del sector no es una negativa frontal a informarse, sino, más bien, una resistencia selectiva concentrada en determinados perfiles, especialmente hombres jóvenes de 25 a 34 años. En este grupo, el rechazo se vincula más a la percepción del pago que al desinterés informativo, lo que apunta a una barrera cultural antes que económica.
Esta resistencia debe entenderse en el marco de una socialización informativa basada en la gratuidad. Las generaciones más jóvenes se han incorporado al consumo de noticias en un entorno digital donde la información ha estado históricamente disponible sin coste para el usuario. A diferencia de otros sectores culturales, como el audiovisual, el periodismo no ha vivido una ruptura clara que redefina el valor económico del acceso a los contenidos informativos.
El paralelismo con el éxito de las plataformas de streaming revela las limitaciones del modelo informativo actual. Es patente que el sector audiovisual logró transformar la piratería en suscripción al ofrecer una experiencia claramente superior: comodidad, exclusividad de contenidos y un beneficio emocional inmediato. Sin embargo, en el caso de la información, el pago no se percibe como una mejora de la experiencia, sino como una restricción de acceso a contenidos que el usuario considera intercambiables y disponibles en múltiples fuentes.
En este contexto, la principal barrera para la monetización de la información entre los jóvenes es la falta de una propuesta de valor diferencia no el precio ni el formato.
Más que un problema de modelo de negocio, los datos apuntan a una desconexión cultural entre el periodismo y una parte de su audiencia, que dificulta que la información veraz sea percibida como un bien por el que merece la pena pagar.

3 Prensa digital en España: hábito consolidado, atención fragmentada
1. La prensa digital es un hábito consolidado, pero con base demográfica limitada
Con un 65,6 % de lectores regulares, la prensa digital mantiene su posición como canal informativo principal.
Sin embargo, los datos desmienten la idea de una adopción universal: el núcleo de lectores fieles está concentrado en hombres adultos de 35 a 54 años, con tasas de lectura superiores al 75 %.
Estos perfiles combinan madurez profesional, alfabetización digital y hábito informativo tradicional. En ellos, la lectura de prensa online sustituye al papel sin alterar la estructura de consumo: mismos medios, distinto soporte.
Interpretación sociológica:
La digitalización de la prensa no ha cambiado quién se informa, sino cómo se informa quien ya lo hacía. Es una migración generacional, no una conversión cultural.
“Pensar que los medios digitales y las redes sociales seguirán siendo la fuente principal de información es, sencillamente, ingenuo. Ya estamos viendo cómo millones de personas —especialmente jóvenes— dejan que los algoritmos conversacionales, como ChatGPT o Perplexity, les resuman la actualidad. Si en su día Google transformó la forma de acceder a la información, lo que viene con la IA promete una sacudida aún mayor. Como decía Ortega y Gasset, el ser humano no tiene naturaleza, tiene historia: cambia con sus circunstancias. Y ahora, la circunstancia es una inteligencia que escribe, responde… y (a veces) miente”.
Señala Luis Núñez, director del informe.

De proveedores de datos a arquitectos de la comprensión
El desarrollo de la prensa digital en España se ha producido sobre una premisa que hoy muestra sus límites: la idea de que digitalizar el soporte equivalía a modernizar el periodismo. Sin embargo, los datos indican que el principal cambio que ha traído la digitalización es desde dónde se informa la audiencia, en lugar de abrir el espectro de potenciales consumidores de información. Es decir, la prensa digital ha logrado retener al público tradicional en un nuevo entorno, pero no ha conseguido incorporar de manera estructural a nuevas generaciones ni transformar los hábitos informativos de fondo.
Esta dinámica revela una ilusión peligrosa: confundir adaptación tecnológica con conversión cultural. El periodismo digital ha replicado en muchos casos las lógicas del papel —titular, noticia, opinión— en pantalla, asumiendo que el simple cambio de soporte bastaría para ampliar su relevancia. Sin embargo, las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial conversacional, introducen un tipo de disrupción distinta que no se basa en el canal, sino en el formato cognitivo: interacción pregunta–respuesta, síntesis contextualizada, personalización y continuidad del conocimiento.
Este cambio sí altera la forma en que las personas acceden, procesan y entienden la información.
En este nuevo escenario, los medios no pueden competir con la IA en el terreno del resumen, la inmediatez o la agregación de datos. Su valor diferencial no está en decir qué ha pasado, sino en ayudar a comprender qué significa lo que está pasando y cuál es la posición del lector dentro de ese contexto.
Esto implica un desplazamiento del rol informativo hacia una función interpretativa y cultural: pasar de proveedores de datos a arquitectos de la comprensión. En la práctica, este cambio se traduce en una mayor apuesta por narrativas largas, formatos documentales, crónicas con mirada propia, análisis cultural y generacional, y piezas que incorporen relato, contexto y sentido.
4 Conclusiones: del telediario al algoritmo: la brecha invisible del hábito informativo
España sigue siendo, en apariencia, un país informado. Ocho de cada diez personas consumen noticias a diario, según el Observatorio MacLucan 2026.
Pero detrás de esa cifra se oculta una fractura generacional profunda: mientras casi nueve de cada diez mayores de 55 años siguen conectados cada día a la actualidad, apenas la mitad de los jóvenes de 18 a 24 lo hacen. La diferencia —36 puntos— revela algo más que una cuestión de hábito: una mutación cultural en la forma de entender qué significa “estar informado”.

Los datos apuntan a un cambio estructural. La generación adulta (35–54 años) mantiene una relación estable con los medios, especialmente con la prensa digital, que ya ha sustituido al papel como principal fuente de información. Sin embargo, los jóvenes muestran un patrón distinto: no buscan las noticias, las encuentran. Su exposición informativa es incidental, fragmentada y dependiente del algoritmo. Lo que antes era una rutina —abrir el periódico o ver el informativo— se ha convertido en un acto involuntario: un titular que aparece en el feed, un vídeo viral, un resumen automático. La información ya no es un destino, sino un ruido de fondo.
Este bloque explora esa paradoja: un país que se informa mucho, pero de manera desigual. Un ecosistema mediático que ha conseguido digitalizar el acceso, pero no democratizar la atención. Los adultos leen con intención; los jóvenes, con distracción. Y en medio, un periodismo que intenta redefinir su papel en un entorno donde la credibilidad se diluye entre pantallas y la relevancia compite con la inmediatez. La pregunta ya no es cuántos leen noticias, sino cómo y por qué lo hacen —y qué queda del sentido informativo cuando el algoritmo dicta la actualidad.


